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JAIME TELLO GARCÍA – Geógrafo, fotógrafo y viajero

Toro (Zamora) en Color

TORO Encaramada sobre un peñasco cien metros por encima del Duero se alza, orgullosa, la vieja Ciudad de Toro. No hay que perder de vista que Toro llegó a ser, durante largo tiempo, capital de provincia, lo que da una idea del importante papel que la historia reservó a esta ciudad. Aunque hoy sigue siendo cabecera de su Tierra, su importancia administrativa se ha diluido en las cercanas capitales provincial, Zamora, y regional, Valladolid. Sin embargo, la impronta de los …

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TORO
Encaramada sobre un peñasco cien metros por encima del Duero se alza, orgullosa, la vieja Ciudad de Toro. No hay que perder de vista que Toro llegó a ser, durante largo tiempo, capital de provincia, lo que da una idea del importante papel que la historia reservó a esta ciudad. Aunque hoy sigue siendo cabecera de su Tierra, su importancia administrativa se ha diluido en las cercanas capitales provincial, Zamora, y regional, Valladolid. Sin embargo, la impronta de los siglos ha legado a la ciudad una relevancia que es fácil deducir por la dimensión de su casco histórico y por su población, abundante en el contexto de esta tierra despoblada, y que la hace segunda ciudad más importante de la provincia.
Poblada desde tiempos prehistóricos, la ciudad de Toro comenzó a tomar relevancia tras su repoblación, en el año 899. Es fácil comprender porqué se decidió, en aquel momento, fundar un asentamiento en Toro, verdadera atalaya sobre el valle del Duero, defendida por el amplio curso de agua y la muralla natural que forman sus espectaculares barrancos, y por el castillo que aún conserva todo su perímetro. Durante la Edad Media se consolida como un importante centro de poder económico y político, impulsado por la producción vitivinícola, que a día de hoy sigue dando fama a la ciudad con su Denominación de Origen y un creciente turismo enológico que pareciera la prolongación natural de la tradicional Ribera del Duero. Es durante los siglos XII y XIII cuando Toro alcanza su era de mayor esplendor y es lugar de realengo y antiguos linajes, ciudad con voto en cortes y cuna de reyes, cabecera de un amplísimo término y después de su provincia, que lo fue hasta el año 1883. El papel muy relevante que tuvo la ciudad alcanza su punto álgido en la guerra por la corona de Castilla que enfrentaría a Isabel I y Juana La Beltraneja, cuyo resultado procuró la unión definitiva de todos los reinos de Castilla y Aragón. La plaza, que se mantuvo leal a la causa de La Beltraneja, sufrió asedio por parte de las tropas de Isabel hasta que capituló. Una vez tomada, Toro alcanzó cierta relevancia en el reino hasta el punto de celebrarse aquí las Cortes de 1505 en las que se lee el testamento de la Reina Católica, se proclama Reina de Castilla a su hija Juana y regente al Rey viudo Fernando. Fruto de aquellas Cortes emanan las "83 leyes de Toro", que siguieron vigentes hasta la promulgación del Código Civil en 1889. Décadas después de aquellas Cortes, durante el reinado de Carlos V, la ciudad pareció elegir mal sus cartas de nuevo al tomar partido por el movimiento comunero, cuya derrota ante las tropas monárquicas supuso su caída en desgracia y el inicio de su decadecia política. No obstante, su capitalidad provincial hizo que mantuviera una cierta importancia como centro administrativo y económico, sede de instituciones y mercados.
Toda la rotunda historia que ha vivido la ciudad de Toro ha desembocado en la configuración de uno de los cascos históricos más ricos y mejor conservados de Castilla y León. El recinto urbano, que llegó a contar con una triple muralla, aún guarda en el trazado de sus calles el secreto de sus defensas, con una estructura semicircular en tres saltos, siendo el central menos perceptible. Poco ha crecido Toro más allá de su recinto histórico. Quizá el hecho de que dejara de ser cabecera provincial provocó sinergias distintas a otras capitales, y Toro no fue capaz de concentrar población durante el éxodo rural de la segunda mitad del siglo XX, como sí ocurrió en otras ciudades. Sí existen ciertos desarrollos urbanísticos, de pequeño tamaño, en las salidas de la ciudad, sobre todo hacia el norte, pero no pasan de ser testimoniales.
A pesar de no haber crecido en extensión, es curioso comprobar cómo, al contrario de lo que cabría pensar, el recinto histórico no ha sufrido operaciones intensivas de sustitución de caserío. Todo tiene su lado bueno y malo, de nuevo la pérdida de la capitalidad quizá provocó una menor presión urbanística que ha favorecido la conservación de buena parte de su patrimonio, no sólo monumental sino una parte importante de la arquitectura residencial tradicional que ha llegado a nuestros días. Al igual que Alcalá de Henares, Sigüenza o Tarazona, ciudades con un área de influencia muy amplia, que bien pudieron ser capitales y que, por no serlo, vivieron una menor presión demográfica y urbanística en sus centros, llegando a la actualidad intentando pasar desapercibidas para que nadie las destroce. ¿Qué hubiera sido de Guadalajara, Ciudad Real o Valladolid si no hubieran sido capitales? ¿Hubieran conservado su esplendoroso pasado o habrían sucumbido de igual manera ante la piqueta?
© 2017 Jaime Tello García


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